Comunidades en el extranjero
20/07/2020

Más que sal y pimienta: la alimentación urbana en tiempos de COVID-19

Aún recuerdo cuando era escolar en Lima, y en mi clase de Geografía aprendía la diferencia entre agricultura extensiva y la intensiva. En ese entonces era para mi, la segunda, aquella que aprovecha grandes territorios con la utilización de tecnologías y máquinas, el importe de especies de alto rendimiento, fertilizantes, etc. lo ideal para el “desarrollo” de mi país y poder combatir el hambre y la malnutrición.

Algunas décadas y un cambio de siglo han pasado desde entonces, y hoy escribo estas líneas desde una ciudad con algo más de medio millón de habitantes en Alemania.  Después de  casi 5 meses de confrontarnos día a día con la amenaza del COVID-19 y sus restricciones; aprovecho esta posibilidad para compartir algunas reflexiones, e iniciar conversaciones sobre nuestras excusas para no aceptar lo que ya sabemos. Sí, el “difficult learning” con respecto a nuestro consumo urbano: aprendizaje difícil, no porque sea difícil de entender, pero porque es difícil de aceptar la responsabilidad de este aprendizaje cognitivo.

La pandemia afectó todos los aspectos de nuestra vida diaria a nivel mundial, y por primera vez las zonas urbanas de un país del norte global, vieron confrontadas su “comodidad” de acceso, tanto económico como en la variedad de la oferta a su consumo alimentario usual.  Las primeras reflexiones para muchos fueron las de diferenciar lo esencial de aquello superfluo; las segundas llevaron a reflexiones sobre nuestra naturaleza finita humana. De acuerdo a ello se manifestaron también reacciones diversas: desde almacenar todo lo posible, hasta compartir y crear conjuntamente.

La pandemia hizo además más que evidentes, temas que se tratan de evitar y están muy relacionados con nuestra alimentación: la desigualdad creciente en la sociedad alemana, los problemas de salud (el desarrollo rasante de malos hábitos alimentarios las últimas décadas), y entre otros, los grandes horrores detrás de las cadenas de producción y distribución alimentaria, en y fuera de Alemania: se sumaron a los escándalos de cómo se “producen” y distribuyen la leche, el queso y otros productos agropecuarios; aquellos relacionados a las condiciones de trabajo en estas industrias, y que afectan sobre todo la  mano de obra migrante (aunque también europea). El autor Sasa Stanisic publicó en Twiter: “Lo que Corona pone en claro: la explotación en la industria alimentaria en este país. Y como la política es cómplice de ello: Primero el espárrago, ahora la carne. Como si el virus remarcara en fosforescente la esclavitud moderna» (traducción propia).

No, aquí no fallecieron miles o millones de personas por falta de alimentos, como en otros países del mundo. Aquí, en las grandes ciudades, corrieron (aunque sin violencia y en orden), las personas a los supermercados como a aprovisionarse de alimentos como hamster. Quedó a la luz, qué dependencias tenemos de otras regiones del continente y del planeta; cuáles son los lujos del consumismo desmedido con  fresas en invierno, y plátanos todo el año a precios que ni siquiera son imaginables en los países de origen.

Para algunos fue el primer momento de reflexión, sobre lo que no se quiere aceptar, porque no es cómodo pensar en ello: ¿por qué si no cambian los “otros” voy a iniciar el cambio yo?. Para otros, fue un momento de descubrir nuevos caminos, de crear redes, o de iniciar el diálogo con nuevas formas de vida más integrales y de descubrir el increíble poder la resiliencia de la vida, lo vital. ¿Suena utópico lo segundo? ¿Hay soluciones o una marcha atrás a la perversión desmedida de la industria alimentaria (en todo el mundo, incluyendo las zonas urbanas latinoamericanas)? Sí las hay, y afortunadamente son tantas, que las 500 palabras límite de este corto artículo no permiten desarrollarlas en profundidad!

Hace tiempo ya había reconocido que aquello que aprendí en mis libros de Geografía NO es la solución al hambre y la desnutrición, ya sea en el Perú o Europa; y espero que más de tres décadas después; nuestras clases (y no sólo de Geografía) estimulen la resiliencia y capacidad creadora de nuestros estudiantes y ciudadanos, para crear una agricultura con respeto por los derechos humanos y  ambientales;  así como la preservación de nuestro hogar-global.

La pandemia de COVID-19 ha creado una mayor conciencia sobre la seguridad alimentaria entre los productores, las empresas, los gobiernos y los consumidores. ¿Qué significa para instituciones como la PUCP? ¿Para sus egresados, su comunidad universitaria? ¿Cómo armonizamos localmente lo global?

Esta es una invitación para continuar el diálogo, para convertir la crisis (al menos un aspecto de ella) en una oportunidad! ¿En qué parte te apuntas? ¿Con qué inicias hoy el cambio?